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LA RESPONSABILIDAD QUE EMPIEZA ANTES DE LA TRAGEDIA

Por: Hellen Vásquez Chaparro 

ER.- Hay tragedias que sacuden por su impacto inmediato y otras que, además, obligan a una revisión más profunda. Cuando ocurre un hecho vial con consecuencias fatales, la atención suele centrarse en los detalles del accidente, en las imágenes, en la cronología.

El atropello y posterior muerte de la destacada deportista Lizeth Marzano Noguera, de 33 años, multicampeona nacional de buceo libre, provocada por Adrián Alonso Villar Chirinos, de 21 años; ha reactivado el debate público sobre la seguridad vial en Lima y, en particular, sobre la responsabilidad individual en los accidentes de tránsito.

Sin embargo, más allá del caso puntual, hay una pregunta más compleja y necesaria que debemos hacer: ¿qué responsabilidades individuales y sociales se activan cuando una mala acción termina afectando la vida de otros?

La responsabilidad individual es una obligación

Adrián Alonso Villar Chirinos junto a su abogado Jefferson Moreno. Fuente: Archivos periodísticos.

Conducir un vehículo motorizado es una decisión que implica riesgo y, por tanto, responsabilidad. A los 21 años, un conductor es legalmente adulto y plenamente imputable, lo que significa que debe asumir las consecuencias de sus actos.

En el marco normativo peruano rige la Ley General de Transporte y Tránsito Terrestre (Ley N.° 27181), que establece lineamientos claros sobre seguridad vial y determina responsabilidades en caso de accidentes. Esta norma fija deberes específicos para conductores, peatones y ciclistas.

Asimismo, señala que toda persona que obtiene una licencia de conducir, independientemente de su edad, asume la obligación de respetar las señales de tránsito, los límites de velocidad, los pasos peatonales y las reglas básicas de prudencia. En ese sentido, este documento no es solo un permiso administrativo; es la certificación de que quien lo posee comprende que tiene en sus manos un vehículo potencialmente letal.

Sin embargo, la responsabilidad individual del conductor no comienza cuando ocurre el accidente. Empieza antes, en cada hábito cotidiano como respetar los límites de velocidad, no usar el celular al volante, no minimizar el cansancio ni asumir que “por unos segundos no pasa nada”.

Ante esta situación, surge la siguiente interrogante: ¿Adrián Alonso Villar Chirinos era plenamente consciente de lo que implicaba sentarse frente al volante? La ética personal se revela en estos actos que, día a día, sostienen la seguridad colectiva.

La familia como primer espacio formativo

A partir de este trágico hecho, es importante resaltar que ningún joven construye su escala de valores en el vacío. La familia es uno de los primeros espacios donde se aprende qué significa respetar normas, aceptar límites y comprender el impacto de las propias acciones.

Un reciente video en el que se observa a la familia del conductor de 21 años, entre ellos su padre, una periodista de televisión, su enamorada y el padre de esta, ha generado amplia reacción en redes sociales. En las imágenes se aprecia un entorno de contención y apoyo hacia el joven, en medio de lo que, para su círculo cercano, también representa una situación trágica. La difusión del material ha abierto una pregunta inevitable en la opinión pública: ¿cómo se asume la responsabilidad cuando un hecho tiene consecuencias tan graves?

Andrés Villar, junto a su padre Rubén Villar, la periodista Marisel Linares, la influencer Francesca Montenegro y al padre de esta, el abogado Juan Montenegro.

Cuando un hecho grave involucra a un adulto joven, la responsabilidad penal recae exclusivamente en él. Pero la sociedad también se pregunta qué tipo de formación recibió, cómo se le enseñó a enfrentar errores y qué mensaje se le transmitió sobre asumir consecuencias.

El rol de la familia no consiste en sustituir a la justicia ni en cargar con culpas ajenas. Consiste en algo más profundo como educar en empatía, en respeto por la vida y en la capacidad de reconocer fallas sin evadirlas. Acompañar no debería significar justificar. Proteger no debería implicar negar la realidad. La verdadera formación se evidencia cuando, frente a una crisis, se promueve la responsabilidad y no la evasión.

La construcción de conciencia a través de las redes sociales

Hoy, ningún hecho de alto impacto permanece en el ámbito privado. Las redes sociales amplifican imágenes, versiones y opiniones en cuestión de minutos, pero esa velocidad tiene un doble filo.

Fuente: Gemini IA

Por un lado, la presión pública puede impulsar procesos más transparentes y mantener viva la memoria de las víctimas. Por otro, también puede generar juicios anticipados, desinformación o polarización.

El desafío está en utilizar ese poder de manera responsable. Las redes no solo deberían amplificar el dolor o la indignación, sino también servir para promover una cultura de responsabilidad social, recordar la importancia de respetar las normas de tránsito, rechazar la indiferencia frente a una víctima y exigir que los procesos judiciales se desarrollen con transparencia.

Cuando se usan con propósito, las redes pueden contribuir a sensibilizar y generar cambios culturales. Si tienen poder para indignar, también lo tienen para educar.

Si pueden viralizar un video, también pueden viralizar mensajes sobre cultura vial, empatía y responsabilidad social. Las plataformas digitales no deberían limitarse a amplificar el escándalo; pueden convertirse en espacios de reflexión colectiva. La pregunta es qué elegimos compartir y con qué propósito, esa es también, nuestra responsabilidad.

Lecciones aprendidas

La seguridad vial depende de infraestructura adecuada, fiscalización constante y, sobre todo, comportamiento responsable. En los distritos de Lima conviven peatones, ciclistas, deportistas y conductores, lo que exige atención permanente y respeto mutuo. Por eso, los accidentes de tránsito pueden durar segundos, pero sus consecuencias se prolongan en el tiempo.

En ese sentido, la muerte de Lizeth Marzano no es solo una cifra en una estadística; es una vida interrumpida y una pérdida que impacta a su familia, a la comunidad deportiva y a la sociedad. La ley determinará responsabilidades específicas, pero la responsabilidad social no termina en una sentencia. Se expresa en cómo reaccionamos como comunidad, en cómo formamos a nuestros jóvenes y en cómo usamos los espacios digitales.

Es imporante resaltar que cada generación hereda no solo calles y normas, sino también ejemplos. El ejemplo de quien asume sus actos con honestidad. El ejemplo de la familia que no confunde apoyo con encubrimiento. El ejemplo de una ciudadanía que transforma la indignación en aprendizaje.

Las tragedias no siempre se pueden evitar, pero muchas decisiones que las preceden sí. La responsabilidad individual y social es una práctica diaria que empieza en casa, se ejerce en la vía pública y se amplifica hoy por hoy, en las redes sociales.

Al final, más allá de cualquier caso concreto, queda una certeza, ya que la convivencia en sociedad depende de que entendamos que nuestras decisiones nunca son solo nuestras. Siempre tienen un impacto en otros. Y asumirlo es el primer paso hacia una ciudadanía verdaderamente responsable.

 

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