
ER.- Adoptar hábitos saludables, prevenir riesgos y mantener la autonomía son prácticas que pueden contribuir al bienestar durante las distintas etapas de la vida.
El cuidado de la salud no empieza únicamente cuando aparece una enfermedad. Desde la infancia, las decisiones relacionadas con la alimentación, la actividad física, el descanso, la higiene y los controles médicos contribuyen a desarrollar hábitos que pueden mantenerse durante la vida adulta y favorecer un envejecimiento con mayor autonomía.
El autocuidado comprende las acciones que las personas realizan para proteger su salud y prevenir riesgos. Entre ellas se encuentran mantener una alimentación equilibrada, realizar actividad física, acudir a controles médicos, cumplir las indicaciones de los profesionales de salud y utilizar correctamente los medicamentos.
“El autocuidado comienza cuando entendemos que nuestra salud es una responsabilidad personal y que no podemos delegarla completamente en otros. Son las decisiones que tomamos todos los días las que realmente determinan nuestro bienestar a largo plazo”, señala Alexandra Vega, gerente médica y de farmacovigilancia de Genfar.
Hábitos que se forman desde la infancia
La infancia es una etapa clave para desarrollar conductas relacionadas con el cuidado de la salud. Una alimentación adecuada, la actividad física, la vacunación, la higiene, la protección frente a la exposición solar y los controles médicos forman parte de las prácticas preventivas que pueden incorporarse desde los primeros años.
La educación también tiene un papel relevante. Enseñar a los niños y sus familias a reconocer señales de alerta, seguir las indicaciones de los profesionales y comprender la importancia de los tratamientos puede contribuir a que adopten decisiones informadas sobre su salud.
Estos aprendizajes pueden convertirse en hábitos que acompañen a las personas durante la adolescencia y la adultez, etapas en las que también adquieren importancia la prevención y el seguimiento periódico del estado de salud.
En la vejez, el objetivo es conservar la autonomía
Durante la adultez mayor, el autocuidado adquiere una dimensión relacionada con la conservación de la independencia. Mantenerse físicamente activo, cuidar la alimentación, conservar vínculos sociales y cumplir adecuadamente los tratamientos son algunas de las prácticas que pueden contribuir a un envejecimiento saludable.
El acompañamiento de familiares y cuidadores también resulta importante. Sin embargo, brindar apoyo no necesariamente implica asumir todas las actividades que realiza una persona mayor. Cuando sus condiciones lo permiten, facilitar que continúe realizando por sí misma las tareas cotidianas puede ayudar a preservar su autonomía.
“Muchas veces creemos que cuidar significa hacer todo por la persona mayor, cuando realmente cuidar también implica permitirle seguir siendo independiente. Mantenerse activo física, mental y socialmente es uno de los factores que más contribuye a una mejor calidad de vida”, explica Vega.
El entorno también forma parte del autocuidado
La prevención de accidentes constituye otro componente del cuidado durante las distintas etapas de la vida. En los adultos mayores, las caídas representan un riesgo importante y pueden tener consecuencias sobre la movilidad y la independencia. En los niños, por su parte, el desarrollo de sus habilidades motoras y las actividades propias de su edad también requieren espacios seguros.
Por ello, realizar modificaciones sencillas en el hogar puede contribuir a reducir riesgos. Mejorar la iluminación, retirar obstáculos y superficies que puedan provocar tropiezos, instalar barras de apoyo en determinados espacios y utilizar superficies antideslizantes son algunas medidas preventivas.
El uso adecuado de medicamentos también requiere atención. Respetar las dosis y horarios indicados por el profesional de salud, completar los tratamientos y revisar las condiciones de almacenamiento son prácticas que contribuyen a un uso más seguro.
En personas mayores que presentan dificultades para recordar sus horarios de medicación, recursos como alarmas, calendarios o recordatorios pueden servir como apoyo. Estos mecanismos, sin embargo, no sustituyen las indicaciones de los profesionales de salud ni la supervisión necesaria cuando existe dependencia.
Promover el autocuidado desde la infancia permite incorporar la prevención como parte de la vida cotidiana. Mantener estas prácticas a lo largo del tiempo puede contribuir a que las personas lleguen a la adultez mayor con mejores herramientas para preservar su salud, autonomía y calidad de vida.



